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De Tinogasta a Fiambalá | Dos joyas de Catamarca | Tripin Argentina

Tinogasta, en el sur de la provincia de Catamarca, se ha convertido en una tierra que prefiere viñedos y olivares, fomentando la atracción de grandes empresas pero también la generación de pequeños emprendimientos locales.  Pero eso no es todo: sus bellos paisajes, las casas de adobe y la cercanía a “Los Seismiles” y Fiambalá, la convierten en un destino bien completo.

A lo largo de más de 50 kilómetros entre Tinogasta y Fiambalá, se encuentra la “Ruta del Adobe”, un recorrido que atrae a locales y extranjeros que buscan corroborar la durabilidad y belleza de un método de construcción casi milenario, que sigue vivo en Catamarca.

Al comienzo de la ruta que une estas dos localidades, se encuentran los cultivos de uvas y aceitunas entre los paisajes montañosos. La Comandancia de Armas, cerca de la entrada a Fiambalá, el último eslabón de la Ruta del Adobe.

La Ruta del Adobe, saliendo desde Casa Grande, se inicia por la RN60 y tiene el objetivo de visitar casas y templos históricos, recogiendo relatos de poblaciones originarias que han dejado vestigios como el del asentamiento Watungasta, a orillas del río La Troya, un centro alfarero y agrícola decaído a partir de la llegada de los españoles.

Luego de 15 km., se accede al pueblito El Puesto, con pocas centenas de habitantes. Allí se puede visitar el Oratorio de los Orquera, de 1740, la primera iglesia consagrada a la Virgen del Rosario, bajo la antigua tradición familiar de tener rincones sagrados cuando no había templos cercanos.

El lugar, perfectamente conservado fue levantado por un entablado relleno de barro, paja y arcilla, formando paredes macizas de 70 centímetros, casi indestructibles. El recorrido continúa por pueblitos donde se conservan numerosas casas centenarias, que fusionan la construcción colonial con el adobe, indemne aquí gracias a las escasas lluvias.

Cerca de Anillaco –mismo nombre que su par riojano-, también se puede ver el templo más antiguo de la provincia, que data de 1712. A 12 kilómetros de Fiambalá, se encuentras sus Termas, a 2000 metros de altura y con una temperatura de 53 a 60 grados. Ofrecen aguas alcalinas, hipotónicas, ricas en algas verdes de influencia sedativa y oxigenante.

Fuente: Argentina.ar
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Paisajes de Catamarca | Un paseo de ensueño | Tripin Argentina

Los paisajes de Catamarca cuentan como común denominador una inmensa soledad y dolorosa belleza. La Ruta de los Seismiles, La Puna, Antofagasta y la Ruta del Adobe entre Tinogasta y Fiambalá, son algunos de los imperdibles destinos a visitar.

A la ruta...

Ingresamos a la provincia desde La Rioja por la RN38 y la RP9 para empalmar con la RN60 ya en Catamarca, hasta el pueblo de Tinogasta. El día siguiente lo dedicamos a recorrer la Ruta de los Seismiles, que atraviesa la Cordillera de los Andes hasta el límite con Chile. El auto se desliza con suavidad por una recta de asfalto que rasga al medio una árida altiplanicie de pastos ralos, dibujando dos rayas paralelas que parecen encontrarse en un punto lejano. Y al fondo, un misterioso espejismo dibuja un charco rojo que es el reflejo de una montaña con sus minerales al desnudo, en este caso cobre oxidado.

Vamos rumbo a los Seismiles, el ilustrativo nombre de este circuito del noroeste de Catamarca que avanza entre descomunales volcanes de más de seis mil metros y culmina en el Paso San Francisco. Recorriendo este tramo de 197 kilómetros asfaltados de la RN60 se atraviesa la parte baja de un valle con 19 volcanes que se suceden, uno tras otro, con su forma cónica de bonete trunco. Y a sus pies se distinguen las coladas basálticas con las que vaciaron por completo su contenido, derramándolo por el valle como ríos de lava convertidos en negruzcos escoriales.

Hace algún tiempo –unos 80 millones de años– este pacífico lugar era un infierno de volcanes en erupción, mientras surgía desde el fondo del océano la Cordillera de los Andes. Sin embargo, hoy una nutrida fauna le otorga inusitada vida a la zona: como el medio centenar de flamencos que parecen petrificados, con las patas sumergidas en un espejo de agua, pero al acercarnos remontan vuelo para desaparecer aleteando tras una serranía como una nube rosada.

El paseo por los Seismiles es una relajada excursión que se puede hacer con vehículo común desde los pueblos de Fiambalá o Tinogasta. Un día entero sobra para ir y volver disfrutando del paisaje sin premura, e incluso darse un chapuzón en una terma que hay junto a la ruta, si no se quieren probar las más tradicionales termas de Fiambalá.

El circuito comienza 50 kilómetros al oeste de Fiambalá por la ruta que lleva a Chile, partiendo desde los 1550 hasta los 4726 metros de altura. A pesar de la altura considerable, la pendiente es muy suave y los autos no son exigidos en lo más mínimo.

Al norte se divisa el volcán Inca Huasi (6640 metros), el primero de los Seismiles, que no se pierde de vista en todo el viaje. A mitad del recorrido aparece la Cordillera de San Buenaventura, el límite austral de la Puna: aquí el paisaje se hace cada vez más desértico, matizado por lagunas pobladas de gallaretas, patos cordilleranos y flamencos. En el horizonte observamos el Ojos del Salado, que con sus 6879 metros (aunque algunas mediciones le dan algunos más) es el volcán más alto del mundo.

Y desperdigados en la lejanía se yerguen los volcanes Penk, Nacimiento y Aguas Calientes.

En el paraje La Gruta, a 4100 metros, hay un campamento de Vialidad Nacional con las oficinas de Migraciones donde se tramita el cruce a Chile y desde donde hay 21 kilómetros hasta el Paso San Francisco. El hito fronterizo está a 4726 metros y, pasado ese límite, se puede seguir unos kilómetros hasta la Laguna Verde chilena y pegar la vuelta o seguir 280 kilómetros no pavimentados hasta la ciudad chilena de Copiapó –famosa por sus playas– para continuar hacia el Desierto de Atacama. Pero ése ya es otro viaje.

El viaje a los Seismiles termina con sensaciones encontradas. Por momentos hay un ambiente con reminiscencias del paraíso, especialmente cuando nos topamos con las lagunas color turquesa llenas de coloridas aves. Y en otros lugares parece que atravesamos los restos de un remoto Apocalipsis de fuego, de cuando la tierra era una gran bola de magma burbujeante. De aquel tiempo quedan enormes cráteres calcinados, cerros de basalto, arenales negros y coladas de lava, todo sobrevolado por una contrastante y profunda calma.

Fuente: argentina.ar

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